Una nueva estrella...Liniers.-

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jueves, 26 de junio de 2008

El último Gran Campeón...


Cuesta remontar el tiempo atrás, trasladarse casi imaginariamente y momentáneamente a aquel "diciembre gris" de 2004. Pero es necesario hacerlo para comprender un poco esta historia.

Aquella tarde, el equipo que dirigía Alberto Fanesi cambiaba el entusiasmo y el grito atragantado desde hacía casi 7 años por tristeza, desazón, insultos y violencia incontrolable. La pelota que se escurría entre las manos de Sessa, la corrida con sorna de Hirsig, la desesperación. Veíamos una vez más escaparse cual utopía, aquella consagración que nos devolvería la tan ansiada y recordada gloria pasada. Pero no, el destino marcó que aquel 12 de diciembre de 2004 no sería un día de gloria. Habría que esperar.

Finalizaba el año, con un clima pesado y un aire por demás denso en toda la atmósfera de Liniers. Ya el Doctor no seguía y volvía a su trabajo de Coordinador en Inferiores. Había que elegir su sucesor. Miguel Ángel Russo, fue el nombre que Raúl Gámez y su Comisión Directiva señaló como el encargado de comandar, reordenar y levantar la estima de un grupo y un pueblo herido. Y fue resistido por todos...

El flamante Técnico sacó espalda ante la adversidad y como el cantante rosarino hizo una nueva versión de “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, al comenzar la pretemporada. El trabajo estaba en marcha. La ruleta del destino comenzaba a girar en este Clausura 2005.

Preparación en Uruguay. Aquel partido de algún martes por la mañana perdido en enero, quedará como una anécdota curiosa y feliz. Lejos estaba ese equipo de conseguir lo que seis meses después caería como bendición. La suerte estaba echada.

Puntapié inicial. Dudas. Sin localía. Por cuestiones de la “insegura” Seguridad Argentina, Liniers se mudaba a la devaluada Parque Patricios. Tres fechas sin ganar. Tres fechas sin goles a favor. Faltaba suerte... sobraban insultos. Una racha de penales errados nefasta. El Gato que pedía protección y cambios de arco. Hasta el cemento del Amalfitani se levantaba para insultar a Dirigentes y Cuerpo Técnico. Sin Rumbo... aunque se intentaba sin resultados.

La piezas del rompecabezas comienzan a aparecer. El trabajo que “no podíamos ver”, comenzaba a dar sus frutos. Aquel gol de Rolando Zárate a Bossio en el Sur fue más que un final a una sequía de más de 400 minutos sin gritos. Aquel gol fue un bálsamo para un alma desgastada... lastimada. Aquel gol marcó el camino a la resurrección de un gigante dormido.

Comenzaron a llegar los triunfos importantes en resultado y moral. En una “noche de copas” se aplastó a un cuervo chiquito. En una tarde, que puede haber “100” de esas... pero solo esa tarde Vélez se la llevó a la “boca”. En una fría tarde/noche en el bosque platense, en donde el “Lobo” quiso soplar la defensa... y la encontró firme.

Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. “Los jugadores que saben siempre se juntan”, resuena en un cinta de cassette en un idioma “ruso”. Entonces Castromán, mudó sus pertenencias del sector derecho del campo al área. Entonces Bravo, comenzó a pensar en grande. Entonces Gracián, recuperó la memoria inmediata en la suela de su botín derecho. Entonces las caras comenzaron a cambiar.

La confirmación de que aquella tarde gris de diciembre quedaría en el olvido, llegaría en un verde Abril. Los dos momentos claves, vitales e irrepetibles en los que este grupo humano se convenció que estaba para cosas grandes. Primero, una caricia fantástica del Tano al balón para colarse sobre la hora entre Luchetti y el palo. Segundo, el empuje y la garra de Lucas para revivir un resultado que quedaba “chico” en el “gigante”. Y allí, la consolidación de un equipo. La convicción de un grupo y su gente. La esperanza a flor de piel.

El rompecabezas encontraba su forma. Juegue Gracián. Meta Somoza. Corra Jonás. Hable Capitán. Vuele Sessa. Diga presente Roly. Aplaste Lucas. Un grupo de individualidades que paradójicamente hacían un equipo, más allá de las expulsiones, los penales a favor... y demás historias que las malas lenguas profesaban por ese entonces.

Cuando parecía que los fantasmas volvían a rondar por Liniers, un atronador aplauso cerrado que bajaba ensordecedor desde los cuatro costados terminó de poner la última pieza que faltaba de este rompecabezas. Si, ahí... con una derrota y a tres fechas del final. “Esta tarde me di cuenta de algo...”, dijo Miguel y esa noche durmió tranquilo.

Y el broche del final. Esa instancia en donde la ruleta del destino comenzaba a girar lenta pero segura. Ese anochecer porteño con sabor a buen fútbol... y temo quedarme corto. Con un escenario colmado y decorado por el azul y el blanco. Con “perdones” y “olvidos”. Con amor a la V azul. Cubero llenó de gol 40 mil almas. El Roly acarició con su pie derecho la gloria. Castromán eludía el último obstáculo hacia lo que seis meses atrás añorábamos. Ya poco importaba lo que pasaba en el Sur... las radios enmudecían ante tanta demostración de fútbol. Esta vez los ojos no contenían la felicidad materializada en lágrimas. El orgullo de ser hincha de Vélez no cabía en los cuerpos.

Ya no había que esperar. La ruleta del destino se detuvo nuevamente por el barrio de Liniers. El tiempo le dio la mano al trabajo, al cosechar juveniles, a apostar por el sistema, y la razón a aquellos que pusieron a la persona indicada en el lugar indicado... en el momento indicado. Una vez más, como en tantos años pasados, Vélez volvía a mirar a todo el Fútbol Argentino desde arriba. Una vez más... la garganta se llenaba con un grito eternamente hermoso e incomparable... VÉLEZ CAMPEÓN!!!

Carlos Alberto Martino.

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